Nistua

Instates e historias
(Blog de Diego Barracuda)

Historias

Los caprichos de Jimena

Ayer me desperté para ir al baño a las dos de la mañana y Jimena no estaba en la cama. Recorrí la casa para buscarla y al llegar a la cocina vi su preciosa silueta contraluz frente a la refrigeradora. Les aseguro que Jimena Sandoval no es sólo una cara bonita. Me acerqué y la vi llorando. La abracé por detrás, le pregunté qué le pasaba, y con un grito de furia me clavó los codos en el pecho para quitarme de encima.

Relato para los Blogs de La Casa en 89decibeles

Unos minutos antes de sentarme a escribir frente a mi laptop, mi novia, Jimena Sandoval, me dijo que no podíamos seguir juntos. Antes de que esto pasara, estaba decidido a contarles la historia de un pájaro que le puso el pecho a dos tiros, y hablarles de una canción que tengo en repeat desde hace una semana. Pero ahora no puedo pensar en otra cosa más que en la razón por la cual me terminó: le fui infiel. En un sueño suyo.

Jimena Sandoval es una chica un tanto particular. Bueno, quizá un poco más que “un tanto”. Lo noté desde la primera vez que salimos juntos. Fuimos a bailar al Area City durante mis primeros días viviendo en San José, a mediados del dos mil nueve. Sonaba música House. Luego de sumar varias canciones bailadas, decidimos salir un rato para tomar aire y refrescarnos de aquel infierno de lugar. Jimena se encontró con una amiga en las gradas de la puerta, entonces aproveché el momento para abrir mi celular de tapita y enviarle un mensaje a un amigo. Dos segundos más tarde, los ojos de Jimena se salieron de su órbita y se estiraron hasta alcanzar la pantalla de mi teléfono para ver si le escribía a otra chica.

No éramos novios todavía y ya empezaba a mostrar un cuadro de celos. Decidí irme. Justo cuando le iba a gritar que me largaba, sus ojos volvieron a su lugar y me lanzó una mirada que aflojó mis piernas y me durmió la boca. Jimena Sandoval es la mujer con los pómulos más hermosos sobre la faz de la tierra. Entramos al bar y seguimos bailando.

Hoy, hace media hora, me reclamó que cómo pude haber hecho tal cosa. Yo no sabía de qué hablaba. Lo único que pasó por mi cabeza fue que me había comido un sandwich de helado que guardó en el congelador. Pensaba reponérselo mañana. Pero no era eso de lo que hablaba. Sino de lo que sucedió cuando hacía su siesta de las cuatro de la tarde. Soñó que íbamos en un vuelo a Buenos Aires y cuando miró por la ventana, yo cogía con una tetona azafata argentina encima del ala izquierda del avión.

No es lo mismo piropear diciendo “no te cansás de dar vueltas en mi cabeza” —como yo esperaría que fuera— que gritar como una maniaca “¡No te cansás de darme vuelta en mi cabeza!” Pero así son las cosas con Jimena Sandoval.

Ahora está en el otro cuarto, simulando empacar sus cosas. Pero no es en serio. Ni siquiera puede ver lo que tiene en las manos porque sus ojos se han vuelto a salir de su órbita. Se estiraron hasta llegar a la pantalla de mi laptop para ver lo que les estoy contando. Probablemente en unos segundos volverán a su lugar y dejarán ver sus bellos pómulos. Y esta historia seguirá sucediendo una y otra vez. Como la canción que tengo en repeat desde hace una semana.

Relato para los Blogs de La Casa en 89decibeles. Invitados a leer.

En lo más alto del Parc Güell, un viejo indigente se sienta cada mañana en una piedra para observar la ciudad. Y cuando ve un arcoíris, lo señala con el dedo para que desaparezca.

—¡A eso me dedico! —respondió, amargo, al preguntarle el porqué de su odio hacia el fenómeno espectral—. Los arcoíris le dan esperanza a la gente, hacen que luchen por sus tonterías ¡Porque eso es lo que son! ¡Tonterías!

—Pero ¿A usted qué le importa que la gente luche por sus sueños? Son de ellos, no suyos.

—¡Yo sé que no son los míos! —gritó— ¡Porque los míos nunca se cumplieron! Y si los míos no se cumplieron, mientras pueda, los de los demás tampoco.

Y entonces señaló un arcoíris un poco mal formado a un lado de la ciudad, hasta hacerlo desaparecer.

—Pues aunque usted se pase todo el día aquí sentado borrando del cielo cada arcoíris que aparezca, no va influir en que yo no pueda cumplir mis metas —dije— ¡Señalarlos es inútil!.

Y me apuntó con el dedo.

—¡Eso mucho menos, señor!

Y me apuntó con una pistola.

Instante

Chichotas

Si hay algo peor que alguien en la oficina cantando en voz alta con los audífonos puestos, es que sea uno el del escándalo. De verdad se los digo. Esto me ha traído muchos problemas, pero sobre todo, muchas chichotas. Porque claro, si el grandísimo huevón que canta está ceñido con los audífonos a todo volumen, no va a escuchar a la gente que le pide silencio, entonces ¡no queda más que lanzarle algo en la pura cabezota!

Nuevo relato en 89decibeles, recomendación musical incluída. Pasen adelante.

Instante

Realismo mágico sancarleño

Cuando dije que iba a vegetar estos días libres en San Carlos, nunca imaginé que sería al punto de salirme hojitas en los oídos.

Mi mamá dice que es porque no me he bañado, lo que pasa es que ella no me ha visto en las mañanas y tardes echándoles agua con un rociador.

Todavía no está muy convencida, pero se va a poner contenta con la primeras frutas.

Instante

Do you want some peanuts?

Si una cafetería me sirve un buen yodo me verá volver a menudo. Lo mismo sucede si una tienda tiene ropa que me gusta, con los casados en las sodas, con la señora que venda buen patí, pero principalmente con los bares. Por que, al menos en mi caso, ser un animal de costumbres siempre ha traído consigo cerveza de cortesía.

Relato en 89decibeles de una de mis aventuras en Barcelona, recomendación musical incluída. Pasen adelante.

Microcuento

Otro corazón

Escondido detrás del arbusto y temblando de miedo, el soldado destapó la cubeta de pintura roja, tomó el pincel, y dibujó otro corazón debajo del suyo.

—¿Dónde está el As de Corazones? —gritó La Reina a lo lejos— ¡Que le corten la cabeza, que le corten la cabeza!

Instante

Barcelona


Un día la felicidad no cabía en mí, y al no poder cargarla, decidí dejarla en este lugar para volver pronto por ella. Aunque sé muy bien que ni ella ni yo vamos a querer partir.