Damn!
Algo que igual no es cierto, Instante vivido por Diego Barracuda en enero 18, 2012
Al parecer mi imaginación viene con un defecto. Bueno, para ser franco, en algunos casos, bien puede llamársele maldición. O un súper poder, o mi kriptonita. ¡A ver, que esa parte no la tengo clara todavía! Pero de lo que sí estoy absolutamente convencido es que por razones que desconozco, como si de contar un sueño se tratara, cuando imagino algo que podría ocurrir, simplemente no sucede.
Pensarán ustedes que esto es absurdo, pues es más probable que una persona no atine un evento futuro, pero sin duda en mi caso no hay espacio para las probabilidades. Eso sí, es importante aclarar que ocurren en casos muy específicos, pues de lo contrario, el peor error que pude haber cometido durante mi existencia es haber fantaseado ¡ser alguien en la vida!
Uno de los casos que nunca olvido sucedió con el primer amor de mi vida. Estuve con ella en la escuela y la mayor parte de secundaria. Durante muchos años no me animé a hablarle, pero tuve el tiempo suficiente para imaginar de todo, y con eso, cagarme en todo. Pero nunca me pasó por la mente que en los últimos años como compañeros iba a llegar a ser su mejor amigo y menos que ella se me iba a declarar. Para eso ya era muy tarde, ya la conocía lo suficiente.
Y es que este problema me ha afectado principalmente con las mujeres. Cada que tengo la oportunidad de salir con una de ellas, inevitablemente dibujo en mi cabeza todo lo bueno y bonito que puede suceder, en cámara lenta, chispas de colores y toda esa cursilería. Imagino los suficientes detalles como para que no pase nada en absoluto, y cuando tengo conciencia del error que cometí, ya han pasado horas y horas donde estuve soñado como un tonto.
Peor aún cuando camino por la calle y mis ojos enfocan una mujer atractiva. Esto, sumado a que tiendo a imaginar más de lo debido, sólo me trae más y más problemas. En ese instante, mi mente reproduce un cortometraje a partir de la primera excusa para crear conversación, los tres años de novios y hasta pasando por los retoños. Así es, todo esto me ha llevado a tener hijos prietitos y blanquitos, de ojos redondos azules y otros rasgados color miel. Algunos han tenido mi nariz y otros los ojos de ellas. Y no es algo que yo quiera ¡Es que no lo puedo controlar! Y todo para que al final del corto la vuelta a la realidad sea un rotundo fracaso.
Sin embargo, no dejo de poner en duda si, al final, quizá sea más un súper poder o un don. Pues la verdad es que, mujeres y problemas aparte, hasta el día de hoy todo esto me ha llevado a lograr cosas que jamás habría imaginado.
Les pidieron romper paradigmas; tomaron una piedra y todo lo hicieron mal.
Microcuento por Diego Barracuda en enero 11, 2012
Nada con nadie
Instante vivido por Diego Barracuda en enero 10, 2012
El otro día conversaba con un amigo acerca de, posiblemente, el eterno trending topic entre camaradas: las relaciones. Así es. Habrá quienes hablen de culos, de la cantidad de apretes o aventuras, y en casos más cercanos al nuestro, sobre la búsqueda de esa persona compatible (en este espacio puede imaginarse cualquier palabra cliché que lo describa mejor, como media naranja, si son varias, por favor sepárelas con coma) y ¡bueh! finalmente llegamos a la conclusión que lo habíamos hecho todo mal, o al menos en el orden equivocado.
Los dos coincidimos en haber empezado una relación entre los dieciocho y veinte años, y que se extendió por más de ¡media década! (sí, alrededor de cinco años, pero dado el caso hay que aumentar el drama). Ambas relaciones concluidas en una edad donde, en buena teoría, te calmás y empezás a pensar en buscar con calma a esa persona con quien se pretende compartir un proyecto de vida. Sin embargo, apenas sobrevivíamos (bueno, sobrevivo) al espejismo de un desierto que nos secó a tal punto de no querer nada con nadie por un tiempo.
Aclaro, cuando digo “lo hicimos mal”, no quiero decir que estas parejas hayan sido una mala experiencia, para nada, pero cuando —hoy— analizás con cuidado aquella relación, te das cuentas que posiblemente se pudo haber terminado a los tres o cuatro años. Y probablemente tuvimos la oportunidad, o lo hicimos por un instante, pero con el tiempo te gana la costumbre, y al volver, se crea una extrañísima zona de confort donde “estás bien” porque tenés pareja y se lleva bien con tus tatas, pero se termina olvidando los objetivos y claramente descuidando los sentimientos.
Claro, al final siempre se gana experiencia. En mi caso, he adoptado una ideología cual Ted Mosby (hasta cieeerto punto), y he concluido que debo aprender a buscar y elegir mejor, con calma, ser yo mismo, no esforzarme en ser lo que no soy por tratar de ligar a alguien, tener claro lo que quiero, pero ante todo, no creer en perfecciones.
¡Pero ojo! No hay que excederse con esa actitud defensiva de no querer nada con nadie pues, al final de toda esta tertulia (o hablada de paja), mi amigo y yo concluimos que, en la de menos, aparece la indicada ¡y nos encuentra con esa cara de disgusto con la vida!
Francisco y Dolores
Cuento por Diego Barracuda en noviembre 18, 2011
En una tarde soleada de algún mes reciente, Francisco y Dolores acordaron reunirse en la cafetería de su barrio de infancia. Era la primera vez en varios años que se veían en persona. Llegaron puntuales a las tres de la tarde y eligieron la misma mesa junto al ventanal donde sus padres acostumbraban sentarse a la salida de misa de cuatro. Sus rostros reflejaban felicidad, pero a la vez, parecían esforzarse por contener otro sentimiento que intentaba escabullirse de sus ojos caídos o reventar en su boca apretujada. Sumado al silencio que se mantuvo por varios segundos desde el momento que tomaron asiento, todo indicaba que los motivos de su encuentro eran distintos a su excusa de “ponerse al día”.
—¿Qué desean para tomar? —preguntó la mesera que, sin darse cuenta, creaba el primer tema de conversación en la mesa.
—A mí nada, gracias, yo estoy bien —respondió Francisco.
—¡Nada de eso! —dijo Dolores arrugando la cara, pero casi de inmediato se relajó y mostró una sonrisa—. ¡Pedite un café negro sin azúcar que así es como te gustan, yo invito! Además, si no te tomás un café a esta hora luego te estás quejando que te duele la cabeza.
—Sí pero, no era necesario que viniéramos acá a gastar dinero por un café —le dijo Francisco—. Además vos sabés que a mí no me gusta que me inviten.
—¡No importa! —respondió Dolores—. Vos sos mi hermano y esta es una ocasión especial, así que no te pongás en tonteras. El único problema es que la plata sólo me alcanza para el café, ¡Pero nos podemos comer las empanaditas que me sobraron de la venta de hoy!
—¿Empanadas? ¿Venta de hoy? ¿De qué me hablás?
Dolores le explicó a su hermano que desde el nacimiento de su tercer hijo, el dinero que ganaba su marido no alcanzaba para cubrir todos los gastos. Ella sólo tenía hasta el sexto grado y le fue imposible encontrar un trabajo sin exigencia de formación académica. Dadas las circunstancias, unos meses después del nacimiento, a Dolores se le ocurrió empezar a vender pan casero en las afueras del banco de la ciudad.
—Pero me va bien —dijo intentando mostrarse segura—. Hoy sobró por ser sábado, pero resulta que ahora la gente le da por comprar cosillas que se comen rápido para aprovechar la hora de almuerzo y revisar el feisbu o feibuc, algo así. Me lo dijo Ramírez, uno de los cajeros del banco. Entonces no hace falta gastar la tarde porque muchos compran para almorzar y se dejan unos biscochos para tomar con café. ¡La gente está cada vez más loca hermano! Pero bueno, contame, ¿Cómo te ha ido administrando los buses? Ya llevás rato ahí ¿Verdad?.
—Es una compañía autobusera. Y pues me fue mal, muy mal —responde apenado—. Me despidieron hace ya seis meses.
Francisco estudió y logró el Bachillerato en Administración. Título que le bastó para ser gerente durante un buen tiempo. A sus cuarenta y cinco años recibió la noticia de su despido. Había sido reemplazado por alguien más joven y con un grado académico más alto que el suyo. Sólo tuvo un hijo y su esposa trabajaba como profesora de español a medio tiempo para cuidar del niño. Para solventar los problemas, ella consiguió algunos cursos extra. Eran suficientes para no entrar en problemas económicos pero Francisco estaba convencido que era una solución temporal mientras encontraba otro trabajo. Pero no fue así.
—Ya han pasado seis meses del despido —dijo, luego soltó un suspiro de desilusión—. No nos ha hecho falta dinero ¡Pero me cuesta aceptar que me mantenga mi esposa! A mí no me criaron para que una mujer me mantenga. Me enseñaron que uno estudia, trabaja y se casa para tener una esposa lo atienda a uno cuando llega a la casa. Que me cocine mientras me siento tranquilo a leer el periódico.
Mientras avanzaba, Francisco se mostraba cada vez más angustiado. Pero el sentimiento que intentaba contener desde el principio se sentía más a rencor. Dolores, mientras miraba acongojada a su hermano, recordó el motivo por el cual lo había llamado para encontrarse esa tarde. Tan sólo dos días atrás, debido al agobio que la atacaba por su situación actual, se había detenido a pensar si lo que había vivido hasta ese día era realmente lo que ella quería.
No pudo contener más su resentimiento.
—¡Nunca me ayudaron a sacar una carrera! —dijo Dolores con rabia pero tratando de no gritar ni llamar la atención—. Ella sólo pasaba metida en la cocina amasando y haciendo pan, y cuando terminé la escuela tuve que quedarme en la casa atendiéndolo a él.
—Que cuando llegaba del trabajo esperaba la comida lista además del periódico en el sillón —dice Francisco.
—¡Ah pero así vos tenías las de ganar! —alega Dolores.
—¿Vos pensás que ha sido fácil para mí? —reclama—. ¡Eliminar este maldito orgullo que me implantaron de niño ha sido una pesadilla! En varias ocasiones he estado a punto de alejar a mi esposa de mí, por mi culpa. Mi vida ha sido una batalla para no ser como él.
—No lo entiendo— dice ella luego de unos segundos de silencio— ¿Por qué mamá y papá no nos prepararon para el mundo en que vivimos, Paco?
—No lo sé Lola, no lo sé.
Yo solo quería leer en el parque
Instante vivido por Diego Barracuda en mayo 17, 2011
Es la segunda vez consecutiva que me llaman de la universidad para notificarme que la clase de “Sociología de Costa Rica” se suspende. Esta vez pedí que me explicaran el porqué, pero me quedé con un —No me dijeron— de parte de la secretaria. Y como no hay mal que por bien no venga, aproveché esa oportunidad para irme a leer al parque. Lo había hecho una vez y me gustó, en semana santa, cuando Ciudad Quesada parecía un pueblo fantasma. Esta vez, fueron más las distracciones que el chance que tuve para disfrutar de un relato de Stephen King, distracciones que nunca pensé que sucederían, al menos no en un mismo día.
Primero pasé a la frutería que esta curiosamente incrustada en el restaurante Cristal para comprarme un mango en tiritas. Crucé la calle, pasando por los taxis, y me senté en la segunda banca hacia adentro de ese costado del parque junto al bebedero. Me dispuse a leer la nota introductoria. King explica en qué se inspiró para crear su primer relato, el cual, se relaciona con el mito para niños sobre el policía de la biblioteca que se lleva a los que no devuelven los libros a tiempo. Y justo al empezar las primeras líneas del capítulo número uno, me interrumpió una de las dos muchachas que se encontraban en la banca del frente. Se acercó junto a su novio, a no más de cuatro metros, él se quedó un paso más atrás.
—Disculpe muchacho ¿Dónde lo compró? —me dijo mostrando una sonrisa tímida.
—En la única librería que conozco, al menos por acá cerca —le dije con alegría ante el interés en mi libro—. Se llama “Las cuatro después de media noche” de Stephen King.
—No, me refiero al vasito con mango en tiritas —me dijo mientras arrugaba la cara al punto que se cerraba su ojo derecho, con mayor pena de la que mostró con sus primeras palabras—. Es que mi novio se antojó.
No se porqué pensé que se refería al libro, no es normal que alguien tan joven pregunte por uno. Además, habría preguntado por el nombre primero o algo así.
—Allá, en aquel costado del parque frente a la parada de taxis —le dije mientras le señalaba el lugar, con cierta desilusión interna—. Bueno, ya sabe dónde venden libros por si algún día se le antoja a su novio —dije, pero ya estaban lejos como para escuchar.
Mientras leía el párrafo en el que Craig llama a Sam para convencerlo de reemplazar a Joe, se acercaba un señor al bebedero que estaba cerca de mi banca. Era viejo, de aspecto desaliñado, moreno, y con un patrón en su cabeza que iba de cabello negro, cabello blanco, de uno en uno casi perfecto. Y con él, un muchacho de unos dieciocho años, diecinueve quizá, menudo, cabello al rape y la camiseta guindando al hombro, quien recibía carbón del viejo para ir a pegarle a alguien.
—Vea que no eche pa’ trás, vaya a pichacear a ese pedazo de hijueputa, pero no se eche pa’trás —le decía el viejo, cerrando los ojos y moviendo la cabeza lento, hacia arriba y hacia abajo al ritmo de sus propias palabras, tal como si le estuviera dando un buen consejo— porque yo lo voy a acompañar y lo voy a apadrinar pero usté no se tiene que echar pa’trás —seguía repitiendo.
—Sí, sí, sí, yo le rompo el hocico a ese hijueputa —decía casi gritando como queriendo mostrarse decidido, pero el tono de voz decía totalmente lo contrario. Sin embargo, tenía la motivación suficiente para embarcarse en la pelea. Juntos se encaminaron en dirección a la esquina de la Plazoleta del Mercado. Ya estaban lo suficientemente lejos para concentrarme de nuevo en la historia.
Pasaron no más de quince minutos, y el señor de cabello en bucle volvió al bebedero pero sin el muchacho. Mientras volvía a tomar agua, un hombre cerca de los treinta años se acercó a él preguntando sobre el muchacho.
—¿Porqué detuvieron a ese mae? —le dijo con calma pero con cierto reclamo.
—Yo no sé, yo creo que se bajó a alguien, a mi no me pregunte que yo no sé— decía el viejo zafándose de la situación.
Definitivamente no ocupaba una agenda, sino una libreta para anotar mis ideas.
Instante vivido por Diego Barracuda en mayo 16, 2011
Pierdo muchos de mis apuntes por no querer echar para atrás.
Intacto
Microcuento por Diego Barracuda en febrero 21, 2011
La patada despedazó en mil fragmentos el casco que llevaba puesto el matón, pero sin dejar una sola marca o raspón en su cabeza. Finalmente le dijo: —Si sucede de nuevo, lo próximo que patearé será tu cráneo. Y me aseguraré que tu cerebro quede intacto solo para que luego pienses al respecto.
Ahora, con el boom de las redes sociales, se da la mala costumbre de etiquetar a la gente.
Texto sin pies ni cabeza por Diego Barracuda en febrero 15, 2011
Una luz como salida de la pantalla de un televisor se colaba entre las rendijas de la pared de madera y me encandilaba los ojos. Estaba de pie, con un cigarro entre los dedos y había humo saliendo de mi boca. Escupí el blanco y lo pisé en una mezcla de rabia y confusión, porque yo no fumo a menos que este cagándome del miedo. Sin embargo el corazón me golpeaba fuerte el pecho, acelerado, como un redoble de tambores. Me sentía muy asustado y no tenía idea del porqué, pues en el preciso instante que recobré la conciencia y logré darme cuenta que estaba en esa habitación, el miedo ya estaba en mí.
Como un corte en el episodio de mi vida con el inconveniente de no recordar la escena anterior. Miré alrededor del cuarto tratando de averiguar dónde estaba pero no reconocí el lugar, ni cómo llegué a él. Pude haber salido de inmediato de aquel lugar pero había algo que atrapó mi atención por completo y que hacía la situación aun más extraña: las paredes de la habitación estaban cubiertas de carteles, recortes de revistas y fotografías de mis primeras victorias en los deportes de alto riesgo, ordenados de izquierda a derecha en una línea temporal.
Tomé uno de los objetos para observarlo con detalle y al instante reconocí no solo la imagen, sino también su enmarcado y la nota en la parte trasera. Hice lo mismo con cada uno de los cuadros que colgaban en las paredes y todos compartían la misma característica: una nota por detrás con la fecha y la ciudad del evento a puño y letra mía, era mi propia colección. Sin embargo yo seguía sin recordar el motivo de mi presencia en aquel lugar y estaba lo suficientemente aturdido como para echar atrás mi memoria. Pero sabía que quien estuviera involucrado en llevarme a ahí sabía que el detalle en la pared era suficiente para mantenerme adentro.
Aquellas fotografías estaban colmadas de buenos recuerdos. Siempre fui ganador, desde el principio, y aunque eso me encantaba, no era lo principal para mí. La mayoría de las personas que llevan a cabo este tipo de deporte lo hacen para ganar premios y por la sensación que produce el momento en que se ejecuta algún tipo maniobra riesgosa. Ésta última, se había vuelto para mí una gran obsesión, más de lo común. La ansiedad se apoderaba de mí cuando tenía que detener las prácticas para recuperarme de alguna lesión por varias semanas. Sabía que acabaría completamente loco si tuviera que apartarme para siempre de ese ahogo en los momentos de peligro, esos pocos segundos de alta adrenalina, lo que personalmente he llamado El Vacío.
En la habitación habían pétalos por todo el piso y esparcidos por toda la cama. Pensé que aquella podría ser una de tantas noches alocadas, pues aparte del talento, las mujeres siempre me han sobrado, eran el premio no oficial en cualquier parte del mundo donde participara. Pero no recordaba si esa noche estaba con una mujer, si había tomado tanto como para no recordar nada, o si al menos habíamos hecho algo, pues cuando recobré el sentido estaba de pie y vestido. Tampoco podía descartar algún tipo de rapto, por lo que tomé una de las tablas de madera que sostenían el colchón de la cama, abrí la puerta y salí lentamente.
En el pasillo seguían apareciendo más cuadros colgados en la pared, convirtiendo aquel lugar en toda una galería de los mejores momentos de mi carrera. Estaban colocados en el mismo orden cronológico, primero a la izquierda, luego a la derecha, empezando con el primer lugar en el campeonato de surf extremo en las aguas de Wikiki en Holulú. No imaginaba olas más perfectas para provocar en mí El Vacío. Y tampoco podía olvidar aquella noche con las dos hawaianas, su baile y todo lo demás. Había sido premio extra ¡y doble!
El final del pasillo daba a la sala principal, era pequeña, el suelo estaba cubierto por una alfombra y había un sofá en el centro, de cara a la chimenea. En la base de ésta, un proyector con dirección a la pared reproducía un video de una entrevista en un canal local sobre mi primer lugar en el campeonato de esquí acuático en el Golfo de Papagayo. A diferencia de la habitación y el pasillo, ahí solo había un enorme póster colocado en el conducto de la chimenea, con un texto al pie que decía “Bungee -Madrid 2007”. En él, me encontraba a la orilla de un puente con el equipo listo para saltar. Había mucha gente detrás, competidores, fanáticos y bastantes medios de prensa. Pero no recordaba nada de eso, solamente haber subido al avión y quedarme dormido. Pero al concentrarme en la imagen un instante y cerrar mi ojos, los detalles empezaron a ser más claros.
Aquella tarde en Madrid no había acabado bien. Luego del salto, mi cuerpo se acercó demasiado a una de las columnas que sostienen el puente y mi cabeza se golpeó bruscamente. Desperté semanas después en el hospital. Como secuela del trauma, cualquier impresión fuerte me provocaba lagunas mentales. Cuando practicaba algún deporte, en el preciso instante que tenía el peligro ante mis ojos, perdía la memoria y volvía a mí horas después. Aparecía en un hotel o en el avión de vuelta a casa. No podía soportar separarme de la única sensación que me importaba en la vida, mi adicción, el vacío. Me estaba enfrentando al peor de mis temores. Pensé miles de opciones para recrearlo, pero los resultados eran inútiles. Siempre apareciendo horas después en otro lugar, sin recordar cómo. ¡Me estaba volviendo loco! Estaba dispuesto hacer cualquier cosa por recuperarlo.
Volví a abrir los ojos, me sentía absolutamente aterrado. Mi corazón empezó a retomar su ritmo redoblante y estaba bañado en sudor. Una luz roja y azul intermitente empezaba a traspasar las ventanas y un ruido de sirenas se escuchaba cada vez más cerca. Solté la tabla de madera que todavía sostenía y en un acto de rendición ante mi último intento por sentir el vacío, dejé caer mi cuerpo sobre mis rodillas. Bajé mis manos para amortiguar el golpe y al tocar la alfombra sentí humedad. Estaba llena de sangre y ahora mis manos también. Empecé a arrastrarme hacía atrás, respirando aceleradamente, sin soltar la mirada en aquel póster de Madrid. Inmediatamente el rabillo de mi ojo izquierdo alcanzó ver a alguien detrás del sofá. Era ella, muerta, pero yo ya lo sabía.
El Azar
Microcuento por Diego Barracuda en septiembre 13, 2010

