Unos minutos antes de sentarme a escribir frente a mi laptop, mi novia, Jimena Sandoval, me dijo que no podíamos seguir juntos. Antes de que esto pasara, estaba decidido a contarles la historia de un pájaro que le puso el pecho a dos tiros, y hablarles de una canción que tengo en repeat desde hace una semana. Pero ahora no puedo pensar en otra cosa más que en la razón por la cual me terminó: le fui infiel. En un sueño suyo.
Jimena Sandoval es una chica un tanto particular. Bueno, quizá un poco más que “un tanto”. Lo noté desde la primera vez que salimos juntos. Fuimos a bailar al Area City durante mis primeros días viviendo en San José, a mediados del dos mil nueve. Sonaba música House. Luego de sumar varias canciones bailadas, decidimos salir un rato para tomar aire y refrescarnos de aquel infierno de lugar. Jimena se encontró con una amiga en las gradas de la puerta, entonces aproveché el momento para abrir mi celular de tapita y enviarle un mensaje a un amigo. Dos segundos más tarde, los ojos de Jimena se salieron de su órbita y se estiraron hasta alcanzar la pantalla de mi teléfono para ver si le escribía a otra chica.
No éramos novios todavía y ya empezaba a mostrar un cuadro de celos. Decidí irme. Justo cuando le iba a gritar que me largaba, sus ojos volvieron a su lugar y me lanzó una mirada que aflojó mis piernas y me durmió la boca. Jimena Sandoval es la mujer con los pómulos más hermosos sobre la faz de la tierra. Entramos al bar y seguimos bailando.
Hoy, hace media hora, me reclamó que cómo pude haber hecho tal cosa. Yo no sabía de qué hablaba. Lo único que pasó por mi cabeza fue que me había comido un sandwich de helado que guardó en el congelador. Pensaba reponérselo mañana. Pero no era eso de lo que hablaba. Sino de lo que sucedió cuando hacía su siesta de las cuatro de la tarde. Soñó que íbamos en un vuelo a Buenos Aires y cuando miró por la ventana, yo cogía con una tetona azafata argentina encima del ala izquierda del avión.
No es lo mismo piropear diciendo “no te cansás de dar vueltas en mi cabeza” —como yo esperaría que fuera— que gritar como una maniaca “¡No te cansás de darme vuelta en mi cabeza!” Pero así son las cosas con Jimena Sandoval.
Ahora está en el otro cuarto, simulando empacar sus cosas. Pero no es en serio. Ni siquiera puede ver lo que tiene en las manos porque sus ojos se han vuelto a salir de su órbita. Se estiraron hasta llegar a la pantalla de mi laptop para ver lo que les estoy contando. Probablemente en unos segundos volverán a su lugar y dejarán ver sus bellos pómulos. Y esta historia seguirá sucediendo una y otra vez. Como la canción que tengo en repeat desde hace una semana.
Relato para los Blogs de La Casa en 89decibeles. Invitados a leer.