Yo solo quería leer en el parque
Instante vivido por Diego Barracuda en mayo 17, 2011
Es la segunda vez consecutiva que me llaman de la universidad para notificarme que la clase de “Sociología de Costa Rica” se suspende. Esta vez pedí que me explicaran el porqué, pero me quedé con un —No me dijeron— de parte de la secretaria. Y como no hay mal que por bien no venga, aproveché esa oportunidad para irme a leer al parque. Lo había hecho una vez y me gustó, en semana santa, cuando Ciudad Quesada parecía un pueblo fantasma. Esta vez, fueron más las distracciones que el chance que tuve para disfrutar de un relato de Stephen King, distracciones que nunca pensé que sucederían, al menos no en un mismo día.
Primero pasé a la frutería que esta curiosamente incrustada en el restaurante Cristal para comprarme un mango en tiritas. Crucé la calle, pasando por los taxis, y me senté en la segunda banca hacia adentro de ese costado del parque junto al bebedero. Me dispuse a leer la nota introductoria. King explica en qué se inspiró para crear su primer relato, el cual, se relaciona con el mito para niños sobre el policía de la biblioteca que se lleva a los que no devuelven los libros a tiempo. Y justo al empezar las primeras líneas del capítulo número uno, me interrumpió una de las dos muchachas que se encontraban en la banca del frente. Se acercó junto a su novio, a no más de cuatro metros, él se quedó un paso más atrás.
—Disculpe muchacho ¿Dónde lo compró? —me dijo mostrando una sonrisa tímida.
—En la única librería que conozco, al menos por acá cerca —le dije con alegría ante el interés en mi libro—. Se llama “Las cuatro después de media noche” de Stephen King.
—No, me refiero al vasito con mango en tiritas —me dijo mientras arrugaba la cara al punto que se cerraba su ojo derecho, con mayor pena de la que mostró con sus primeras palabras—. Es que mi novio se antojó.
No se porqué pensé que se refería al libro, no es normal que alguien tan joven pregunte por uno. Además, habría preguntado por el nombre primero o algo así.
—Allá, en aquel costado del parque frente a la parada de taxis —le dije mientras le señalaba el lugar, con cierta desilusión interna—. Bueno, ya sabe dónde venden libros por si algún día se le antoja a su novio —dije, pero ya estaban lejos como para escuchar.
Mientras leía el párrafo en el que Craig llama a Sam para convencerlo de reemplazar a Joe, se acercaba un señor al bebedero que estaba cerca de mi banca. Era viejo, de aspecto desaliñado, moreno, y con un patrón en su cabeza que iba de cabello negro, cabello blanco, de uno en uno casi perfecto. Y con él, un muchacho de unos dieciocho años, diecinueve quizá, menudo, cabello al rape y la camiseta guindando al hombro, quien recibía carbón del viejo para ir a pegarle a alguien.
—Vea que no eche pa’ trás, vaya a pichacear a ese pedazo de hijueputa, pero no se eche pa’trás —le decía el viejo, cerrando los ojos y moviendo la cabeza lento, hacia arriba y hacia abajo al ritmo de sus propias palabras, tal como si le estuviera dando un buen consejo— porque yo lo voy a acompañar y lo voy a apadrinar pero usté no se tiene que echar pa’trás —seguía repitiendo.
—Sí, sí, sí, yo le rompo el hocico a ese hijueputa —decía casi gritando como queriendo mostrarse decidido, pero el tono de voz decía totalmente lo contrario. Sin embargo, tenía la motivación suficiente para embarcarse en la pelea. Juntos se encaminaron en dirección a la esquina de la Plazoleta del Mercado. Ya estaban lo suficientemente lejos para concentrarme de nuevo en la historia.
Pasaron no más de quince minutos, y el señor de cabello en bucle volvió al bebedero pero sin el muchacho. Mientras volvía a tomar agua, un hombre cerca de los treinta años se acercó a él preguntando sobre el muchacho.
—¿Porqué detuvieron a ese mae? —le dijo con calma pero con cierto reclamo.
—Yo no sé, yo creo que se bajó a alguien, a mi no me pregunte que yo no sé— decía el viejo zafándose de la situación.
—No se me haga el loco papillo, yo se que usted lo estaba carboneando y usted sabe que ese güevón es un mongolo e’ turno y hasta se coge a la gorda que anda por el centro en minifalda si se lo piden —gritaba alejándose rumbo a dónde estaban los policías. El viejo, en dirección contraria, se alejaba también.
Esperando que las distracciones bajaran un poco, seguía mi lectura con la mirada fija en el libro, el cual tenía levantado a la altura de mi cara por mi susceptibilidad a los dolores de espalda. Lo mantuve así un rato hasta que decidí bajarlo para descansar. Para ese entonces leía como Sam se enteraba gracias a Naomi sobre los libros con chascarrillos para discursos como el de “Chistes de lavabo”. En ese momento mi cara estuvo en dirección al suelo por unos instantes, hasta que un total de seis pares de pies con tenis deportivas rodeaban la banca en dónde yo estaba. Eran jóvenes, tres muchachas y tres muchachos, entre los dieciséis y veinticuatro años. Algo me venían a ofrecer.
—¡Hola!, queremos invitarte a ti a que te nos unas a nuestras células. —dijo una de las muchachas.
Primero, que de entrada me hablen con tuteos y además redundantes hace que todo empiece mal. Y segundo, ante tal proposición, la única expresión que puede suceder es esa anglosajona que define muy bien este tipo de situaciones.
—What the fuck! —pensé.
—¿A qué se refiere con que me una a sus células? —pregunté respetuosamente.
—Nosotros somos de una iglesia que esta acá po… —dijo el que aparentaba ser el mayor de todos.
—¡Ahh, no! —le interrumpí con cara de “por favor no insistan” curiosamente la misma que le hago a los vendedores ambulantes—. Yo no soy religioso chiquillos.
—Bueno —dicen los seis en coro y sonriendo—. Nosotros tampoco.
—¿Entonces? —les pregunto— ¿Qué es lo que hacen en esas células?.
—Mira —me dice el otro muchacho—. En las células nos reunimos y…
Inmediatamente interrumpe la mayor de las muchachas y dice:
—Nosotros creemos que Dios tiene algo importante para ti.
—¿Ajá? —le pregunté con cierta duda.
Yo no soy ateo. Creo que algún ente superior nos regaló la oportunidad de vivir con el derecho de hacer lo que queramos. Puso a funcionar el universo con todo lo necesario para evolucionar, pero dejó a cargo el mantenimiento en las peores manos: nosotros. Por eso al final todo lo que sufra el planeta y lo que contiene es por culpa de los propios seres humanos. La gente se muere de hambre por culpa de los humanos, como los que poseen dinero(que nunca gastarán) y no donan a los que necesitan.
¿Porqué Dios tendría algo importante para mí, y no para los que mueren solos y con hambre? No parece muy justo. Por eso no creo que así funcionen las cosas. Todo sucede por consecuencia de nuestros propios actos.
Les expliqué mi posición, de la manera más respetuosa posible, pero se marcharon con un enojo contenido, que trataron de disimular. Como diciendo que no tengo bases para demostrar mi posición. Eso me hizo pensar que al menos algo teníamos en común.
Al final apenas llegué a la página treinta y dos. Pero al retomar la lectura empezaré de cero pues no vaya a ser que mezcle acontecimientos. Como un Sam pleitero, una Naomi pandereta o un Craig antojado de mango y con la lamentable situación de nunca haber tenido la dicha de leer un buen libro.


12 Comentarios
Está tuanis mae, los paralelismos entre la obra que lee y la obra de la que forma parte invitan a conocer el relato de King, despierta la curiosidad. Es casi un cuadro costumbrista pero moderno jajaja, quiero decir, es un fragmento de lo cotidiano que nos permite dar una mirada a cuestiones particulares de lo que es el ser costarricense. Provoca identificación y a pesar de ser algo tan cercano no deja de tener una cierta dosis de magia.
by GaB on 17 17UTC mayo, 2011 at 6:19 am. #
WAHAHAHAH… No se cómo logra esos cierres tan tuanis usted… excelente, una de las principales bendiciones de San Carlos, puede ser también molesta, el hecho de que en San Carlos, todo aquel desconocido puede ser mi amigo hasta que se demuestre lo contrario… por eso es fácil que un desconocido se acerque a hablar, pero bueno, acá en chepe todo desconocido es mi enemigo hasta que se demuestre lo contrario… y las interrupciones podrían ser peores.
Suerte para la próxima, ¿tal vez de madrugada?
by P4blo on 17 17UTC mayo, 2011 at 6:39 am. #
Estoy totalmente con Gab, los parelelismos lo hacen bastante interesante y el cierre con cuando dice que no vaya a ser que se le confundan los personajes me pareció genial!. Morí de risa con la pregunta del libro y con casi todo en general, me gusta bastante la manera con que va narrando la historia, no me perdí en ingún momento y mantuvo mi concentración e interés de principio a fin y eso cuesta! jaja
by Maché on 18 18UTC mayo, 2011 at 2:19 am. #
“Como diciendo que no tengo bases para demostrar mi posición. Eso me hizo pensar que al menos algo teníamos en común.”
fino!
by cristian on 18 18UTC mayo, 2011 at 2:39 am. #
¡Gracias a todos por pasar y comentar!
by Diego Barracuda on 18 18UTC mayo, 2011 at 3:58 am. #
Mae, al final no entendí bien donde era que vendían los mangos? Yo llegue a la esquina, le pregunte al mop que tenia la jeta rota (antes que se la rajaran) y no me supo decir. Ni siquiera los 6 muchachones que andaban sugiriendo que Dios tenia algo para Ti. Les dije, que? Será una bolsita de mango, que ahorita estoy q me muero x una? Y tampoco les gustó. En fin, quizás para la próxima podas intentar leer en algún otro maravilloso lugar de ese pueblo, quizás no tan concurrido, que lugares así con vistas fenomenales, abundan. Muy Nistua el post. Siga dándole!
by Roger on 23 23UTC mayo, 2011 at 3:34 am. #
Bueno, muy bueno! me encanta como llevas al lector a través de un relato q mientras hace una descripción de los acontecimiento, pasa al desarrollo de un dialogo entre los personajes q me encanta q sean tan atípicos y pintorescos. Muy entretenido y pícaro. Y es interesante como salta del libro al entorno de quien relata, algo más q lo hace interesante. No sabía de tu talento, Diego, a ver si nos sigues deleitando con tu coteidaneidad!!!
by Sheidy on 31 31UTC mayo, 2011 at 5:23 am. #
bastante agradable de leer, linda estructura…
la oración “Eso me hizo pensar que al menos algo teníamos en común” quedo genial en ese párrafo…
by meleobro on 7 07UTC junio, 2011 at 11:17 am. #
No existen mas que dos reglas para escribir:
TENER ALGO QUE DECIR Y DECIRLO
Oscar Wilde
Es emocionante encontrarse con algo tan fresco despues de topar con cantidad de literatos con ingenio que no sobrepasa la capacidad del plagio, cosa que no sucede contigo, el mejor escritor es el que te lleva a vivir la experiencia que narras y te aseguro que yo estuve en esa banca , tienes un gran talento explotalo al maximo; espero poder ver tus triunfos y celebrarlos con gran satisfaccion , en definitiva el Parque de CQ no es el mejor lugar para la lectura pero si para alguien con talento
Se te quiere
Francine Vargas
by Francine Vargas on 11 11UTC julio, 2011 at 5:00 pm. #
Hay mae que éxito!!! Está demasiado bueno! Provoca identificarse con el personaje, hay un interés constante hasta el final y muy buen final!
by RAB on 15 15UTC agosto, 2011 at 6:21 am. #
ESTA EXCELENTE. MANTIENES EL INTERES EN LA LECTURA DE PRINCIPIO A FIN. Y DAN GANAS DE LEERLO Y RELEERLO MUCHAS VECES. SIMPLEMENTE GENIAL
by CARMEN ACUÑA MEJIAS on 12 12UTC octubre, 2011 at 12:47 am. #
Mae, muy tuanis. Ya me dieron más ganas de ir a San Carlos!!!
by Melissa Soro on 30 30UTC noviembre, 2011 at 2:29 am. #